domingo, 30 de abril de 2017

La dimensión del cine B: Carnival of Souls




Mary Henry es la única chica que sobrevivió a un accidente que terminó con el auto de ella y sus amigas hundiéndose en el río. Mas, para sorpresa de todos, ella ha vuelto distinta: más cortante. Dejando su ciudad y a sus amigos, Mary emprende marcha a una nueva urbe a trabajar como organista en una iglesia.  Pero esto es más que comenzar una nueva vida, en realidad alguien la esta persiguiendo, y ella ha empezado a sentir una nueva naturaleza en su ser: un llamado, algo la llama desde los confines de una macabra feria abandonada. 

La mayoría de la gente que se topa con esta película es porque apellidos como Romero y Lynch han declarado que esta es una de esas cintas han influenciado sus obras y bla bla bla. ¿Pero en realidad es tan buena?

Para empezar precisaré que el tiempo la ha tratado de la chingada, estoy seguro que ya todos sabemos cómo va a terminar la historia desde la atropellada sinopsis que escribí arriba. Segundo, quitando a Candace Hilligoss como la protagonista y Sidney Berger actuando como un pelmazo cualquiera, las demás actuaciones son bastante acartonadas. Tampoco me voy a poner muy mamón con este aspecto, recordemos que esta es una película de bajo presupuesto de comienzos de los 60, pero para el espectador de hoy… hay actuaciones que sí son difíciles de tomar en serio; bueno, tampoco es que hablen mucho, así que se fácil pasar por alto este defecto la mayoría del tiempo. Lo que sí creo que es exquisito es el uso de la banda sonora, es la que da vida a la película: es el titiritero de toda la trama, hasta el punto en que hay una escena donde está manipula a la protagonista a su antojo. Eso y el manejo de los ángulos de cámara; aunque estos son bastante amateur, incluso para su época, se llevan muy bien con los silencios, sonidos y la banda sonora. 

Incluso con los defectos que a dejado al descubierto el tiempo, Carnival of souls aún tiene aspectos geniales que mucha gente debería volver a apreciar.  Qué más puedo decir: es un clásico.  


sábado, 15 de abril de 2017

Neo Tokyo: una invitación a la inocente y oscura pesadilla de la animación nipona




Neo Tokyo es un mosaico de las tres mentes más importantes de la ciencia ficción japonesa en los años ochenta, sus nombres son el sinónimo de la introducción del anime en occidente. Esta película es un experimento visual y narrativo que deja claro los estilos de sus colaboradores. 

El primer corto, “El laberinto” de Shigeyuki Hayashi (mejor conocido como Rintaro), da una mayor importancia al movimiento de sus personajes, al entorno pesadillesco que los rodea y valora el uso de pausas y sonidos para jugar con los matices de la loca realidad en que se desenvuelve la animación. Se mueve con inocencia, pero envuelta en un oscuro juego infantil, como evocando a una versión orientalizada de alguna novela de Lewis Carrol. Aplicando siempre un coqueto juego de claroscuros. 

El Segundo corto, “El piloto de carreras” (de Yoshiaki Kawajiri), la definiría como hermosa danza mortal donde la maquinaria se toma como una dolorosa extensión del ser humano. Empieza suave, con un narrador que da el contexto para entender la historia, lo demás… es una oda al sufrimiento en una distopía gris e inhumana. El protagonista da su último grito de vida antes de ser engullido por la tragedia. Todo esto llevado acabo a través de un ritmo lento: agobiante, y una animación detallista que ayuda a indagar en la naturaleza de ese cruel mundo. 

Y el ultimo corto, “Trabajos de construcción suspendidos” (del afamado Katsuhiro Otomo) es completamente lo contrario a las anteriores animaciones. Es una comedia negra: una bufonesca interpretación de una ópera mecánica.  La ironía es el inicio, la pase y es el que da el remate al final de la historia. Posé una paleta de colores más lucidos y el dialogo es constante comparada con los dos cortos anteriores. Y, como toda película de Otomo, es la que se siente más occidentalizada. 

En conjunto, Neo Tokyo es un despliegue de sonido y movimiento excelso. Rico en variedad, un manejo del sonido y la músico estupendo, además de ser una buena carta de presentación para checar los otros trabajos de Rintaro, Kawajiri y Otomo, tanto individuales como en conjuntos, otras vez entre ellos o con otros nombres destacados en la industria. 


viernes, 17 de marzo de 2017

Crónica de un tenis ceniciento





“Esto se va a poner feo”, digo entre dientes mientras observo la multitud que se va conglomerando en el anden de metro Bellas Artes. Si aquí ya esta hasta su puta madre, tenía garantizado que en Hidalgo iba a ser lo mismo, pero multiplicado. Estoy en medio de uno de los pasillos del vagón y las dos salidas, en ambos lados, están atestadas de gente, me decido por uno y abro paso como puedo. No llego muy lejos. Solo queda esperar y encontrar algún hueco por el cual salir en la siguiente estación. 

Llego a Hidalgo y noto que mis posibilidades de salir son mínimas: “puta madre, ahora voy a tener que llegar a la Normal para bajar”.  Se abren las puertas. Veo que entre la gente se abre un pequeño espacio por el cual salir y aprovecho la oportunidad. ¡Rápido!, antes que la gente de afuera ya no te deje salir. Soy el ultimo en bajar, la posibilidad de que la masa voraz me arrastrara de regreso era alta, pero no, cuando me doy cuenta la mayor parte de mi cuerpo ya esta fuera del vagón. “Lo he logrado, sobreviví un día más de trayecto por la línea 2”,  pienso triunfante creyendo que la había librado… podre tonto. 
 
La masa voraz intenta entrar con violentos empujones en el vagón y, de paso, atrapa mí pie. La siguiente sensación es el frio de mi calcetín a la intemperie. Salgo por completo de la muchedumbre, para luego voltear, con los ojos bien abiertos, arrodillarme y empezar a buscar inútilmente entre las piernas ajenas a mi tenis extraviado. De todas las cosas que esperaba perder algún día en el metro, jamás imagine que sería mi tenis izquierdo. “¿No ven por ahí un tenis?” grito con dirección a la venta del vagón, vuelvo a agacharme buscando en vano. Alguien pregunta “¿Qué pasó?”, le espeto entre tartamudeos: “¡eh… eh… el metro se trago mi tenis!”. “Que mal pedo” dice  alguien entre la multitud. Esa expresión, esa siempre es la impresión con la que termina este relato.

Salgo de metro Hidalgo, atravieso la hedionda Basilio Badillo y antes de entrar en la Septién, la frustración y la ira dan paso a un miedo que desde niño no he podido sacudir. “¿Y ahora qué le voy a decir a mi mamá?” digo moviente los labios pero sin evocar sonido alguno. Como hace un mes me robaron el celular por Eje Central, regreso a la entrada del metro y descuelgo un teléfono público.

---¿Bueno?
---¿Mamá? Soy Roberto.
---¿Qué pasa? ya deberías estar en clase--- su tono es de sorpresa, no esta acostumbrada a llamadas esporádicas así y menos de mi parte.
---Este… el metro se tragó mi tenis.
---¿Qué?
---¡Qué el metro se llevo mi tenis!
---¿Cómo?--- escucho que esta conteniendo la risa--- ¿y ahora?… ¿Cómo vas a volver?
--- No sé, pues así con el calcetín.
---No púes amárrate un cartón o un pedazo de carpeta--- pienso en el Diálogos como la mejor opción mientras me propone lo del cartón.
---Ya ahorita pienso que hago, ya me voy antes que se me haga más tarde.
---Ok, bye.
---Bye. 

Cuelgo y otra vez dirijo mi camino al instituto, piso con mi calcetín un líquido oscuro y apestoso, por suerte la tela ya era oscura. Ahora no estoy iracundo, la llamada me ha quitado un peso de encima. Rio un rato de mi propia desgracia y entro en el edificio, al fondo de la calle, listo para responder al preludio de este relato: “¿por qué estas caminando chueco?"